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Escrito por WebMaster @webmotril.com
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Friday, 28 de September de 2007 |
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Un
joven universitario se sentó en el tren frente a un señor de edad, que
devotamente pasaba las cuentas del rosario. El muchacho, con la
arrogancia de los pocos años y la pedantería de la ignorancia, le dice:
“Parece mentira que todavía cree usted en esas antiguallas...”. “Así
es. ¿Tú no?”, le respondió el anciano. “¡Yo! –dice el estudiante
lanzando una estrepitosa carcajada–. Créame: tire ese rosario por la
ventanilla y aprenda lo que dice la ciencia”. “¿La ciencia? –pregunta
el anciano con sorpresa–. No lo entiendo así. ¿Tal vez tú podrías
explicármelo?”. “Deme su dirección –replica el muchacho, haciéndose el
importante y en tono protector–, que le puedo mandar algunos libros que
le podrán ilustrar”. El anciano saca de su cartera una tarjeta de
visita y se la alarga al estudiante, que lee asombrado: "Louis Pasteur.
Instituto de Investigaciones Científicas de París". El pobre estudiante
se sonrojó y no sabía dónde meterse. Se había ofrecido a instruir en la
ciencia al que, descubriendo la vacuna antirrábica, había prestado,
precisamente con su ciencia, uno de los mayores servicios a la
humanidad. Pasteur, el gran sabio que tanto bien hizo a los hombres, no
ocultó nunca su fe ni su devoción a la Virgen. Y es que tenía, como
sabio, una gran personalidad y se consideraba consciente y responsable
de sus convicciones religiosas.
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Modificado el ( Friday, 28 de September de 2007 )
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